Aunque no lo crea, en las plazas de mercados cualquiera sabe lo que puede ser la idiosincracia de un país. Ahí confluyen las diferentes manifestaciones culturales y sociales que le permiten conocer a cualquiera el espíritu de un pueblo. Por medio de estas nos podemos adentrar en la manera de pensar de las gentes del común, y en las de sus dirigentes. Son esas especies de laberintos en el que mediante ellos podemos comprender en qué condiciones viven. Allí están todos, a pesar que creamos que solo los más plebeyos, o los acartonados de la clase media y alta, sean los únicos que acuden a hacer sus compras; además porque ya existen otros tipos de super-mercados en las grandes ciudades que se encargan de asistir a gran parte de la población de clase media y alta, y que también nos permite conjeturar que éstos también se pueden evaluar en sus maneras de pensar. Así es. En los corrillos de las plazas, en los comercios que en sus alrededores se entrelazan con las gentes venidas ya sea del campo o la ciudad, podemos saber lo que piensan. Y no es que en ellas pululen los delincuentes detrás de los que allí van a satisfacer sus necesidades más apremiantes como son las de la comida y el esparcimiento. Sino que la marejada de todo un conglomerado social que por la fuerza de lo que allí conseguimos, todos de una u otra manera llegamos a ellas. Lo demás que suceda en la ciudad, simplemente no es mas que una extensión de lo que allí se dá. Si en los burdeles, en los barrios adonde prolifera de una forma ruin la existencia de esos personajes que resaltan en nuestras cotidianidades existenciales, allí también los podemos encontrar a la mano. Lo mismo podemos decir de las personas de bien que en medio de sus ambiciones personales a los que poseyendo algo tienen que reunirse allí, porque sus hijos lo desean, porque sus familias así lo quieren, o porque la necesidad obligatoriamente los convoca para que participen en esos mercados singulares en el que la satisfacción de sus más elementales necesidades se ven colmadas, y en donde hombres y mujeres participan comunitariamente. Hacia allá vamos todos a aprovechar ese sitio de reuniones de encuentros de familias y comerciantes, de rufianes, autoridades y personalidades, que los fines de semana o los días adonde hay una mayor congregación, acudimos a recocijarnos en medio de lo que se parece más a un jolgorio, porque al fín y al cabo así transcurren nuestras existencias. Por mi propia experiencia, allí he podido conocer en parte la mentalidad de todo un pueblo. Y allí también las persecuciones a que he sido sometido me han permitido dilucidar lo que es no solo la mentalidad de un país, sino las bribonadas a que puede ser sometida una persona, cuando rufianes y supuestas autoridades confunden la ley que emana del Estado, con sus más recónditas ambiciones personales, en el que los delicuentes se creen que ellos son los que ejercen el poder soberano. Y ésto, claro que lo comprendo desde hace unos pocos años, después que como he dicho en otros blogs, resulté ido de la cabeza por cuenta de unos rufianes, que por su rara particularidad, además de estar bien informados, actuaron de manera solidaria en el que los delincuentes, y supuestos defensores del derecho y de la ley lograron su propósito. Un contubernio que me ha dejado huellas sicológicas y físicas, tanto que a pesar de su insistencia en las provocaciones, no solamente quedaron los recuerdos, sino unas varillas metálicas que me atormentan la columna vertebral con medio cuerpo dormido; y con una marca, que todavía salen a ver qué se consiguen, en este país adonde nos hablan de vigilancias privadas, y de personajes que se creen de ley sin serlo. Allí confluyen todos. Y en esas plazas el autor ha tenido que soportar muchas infamias. Eran otros tiempos.
Estaba muy niño cuando por primera vez me tocó ir a una plaza de mercado a comprar unos pescados en la Plaza de la 21 en Ibagué, y cuando estuve un poco más grande a veces tuve que ir a la de la 14; y de ahí en adelante a cualquiera de las dos indistintamente. E incluso con los años acudí a otras plazas a comer fritangas o hacer mercados, tal y como lo hice en la del Restrepo en Bogotá durante algunos años. Así como fui envejeciendo en estas plazas que también fueron cambiando, y las que parecían ser unos sitios de esparcimientos y de encuentros mientras se compraba lo necesario para la comida, se convirtieron para mí (no sé, si para otros) en unas especies de pesadillas, ya que después de haber estado demasiado ido de la cabeza (tal y como lo he contado en otros blogs), y de haber vendido libros de medicinas naturales en los buses, terminé frecuentándolas a pesar que los comerciantes y demás gentes que en éstas permanecen, trataban de impedirlo.
Era como si hubiera una marca, ya que durante todo ese tiempo que viví tanto en los buses como en las plazas y los centros comerciales que generalmente medran alrededor de ellas, por cuenta de estos personajes que oscilan entre lo rufianesco y la vigilancia privada, por todos los medios trataron de que no lograra mi cometido, y que no era más que el de la sobrevivencia.
En Abastos de Patio Bonito en Bogotá, recordé lo que había visto en la plaza de Coche en Venezuela. Estaba indocumentado. Con una amiga colombiana que me colaboró por esos tiempos, y que administraba uno de de aquellos locales comerciales a un portugués, me invitó a que fuéramos, pues por estar de vacaciones tenía que recoger unos papeles a su oficina.
- No se preocupe, me dijo. Mientras se quede dentro del carro, ningún policía le va a pedir papeles.
Me pareció devastadora sicológicamente aquella plaza. Muchos menores de edad pululaban por aquellas esplanadas calles que hay entre los galpones, y muchos adultos que se parecían más a los descamisados que vemos a diario por las calles en nuestro país, hurgaban por todos los lados en los desechos de los comestibles que allí se amontonaban, tratando de encontrar la comida que les sirviera.
Después iría con más calma otras dos veces para corroborar aquella primera impresión causada, y comprobé lo mismo. Le daba a uno una angustiosa desolación al ver semejante pordiosería, igual a la que uno ve en Bogotá o en otras ciudades en aquellos sitios en la que abundan los recicladores y donde el olor característico nos confunde, por que creemos que estamos en otros mundos; tal vez en los que Federico Fellini nos describió en sus películas, o en las que nos recrea Passolini basadas en la obra de Dante Alighieri. O en aquellos documentales que una vez vi sobre la época en que Alemania después de haber sufrido la derrota de la primera guerra mundial, porque en sus calles se notaba la miseria de sus gentes en las calles, o las que uno veía en San Victorino hace unos años antes de que el Transmilenio se impusiera en la ciudad. En un país adonde el oro negro había creado el imaginario de la opulencia, en aquel mercado se veía lo mismo que yo veía en el Abastos de Bogotá, con la diferencia que allí muchos iban a recoger los desperdicios no solo para conseguir la comida, sino también para después revenderlos en otros sitios a precios más cómodos que en el comercio. Un negocio en otro negocio. Y sin embargo, ese imaginario de la miseria y desolación a todos nos cobijaba, convirtiéndose aquellos sitios en lugares peligrosos para aquellos desprevenidos extraviados que anduvieran por ahí, porque los advenedizos también estaban a la cacería de lo ajeno.
Y sin embargo, eran como si todos nos miráramos y reconociéramos en un país con el delirio de la violencia que a todos nos cobija, en donde todos terminamos vigilando a todos por esos cuentos de que todos queremos nuestra propia seguridad personal.
Así en ese imaginario uno puede entender que se está en mundo lleno de atavismos sociales y de desigualdades, adonde confluyen los intereses de unos comerciantes, de una ciudadanía que cree que debe de defenderse, y el de otros que merodeando con sus vicios y sus manías, también juegan el papel de ser los vigilantes, y en el último eslabón de ese cadena social uno termina zaherido por cuenta de aquellos que con más poder tienen bajo su cuidado aquellas calles.
Es curioso, a mi me han salido muchos viciosos en ellas como si me conocieran más de lo que yo me conozco. Hace muy poco comentándole esa historia a un amigo que ocupa el cargo de supervisor del magisterio del Tolima, éste me decía, que es que ahora los agentes del Estado se disfrazan de méndigos, y que aquellos que huelen el vicio de los frascos de bóxer por no tener para pagar uno más caro, los desechables como se le dice a estos pobres muchachos que tampoco como uno, no tienen ninguna otra oportunidad en la vida, hacen su papel. En el Quiroga de Bogotá muchos de ellos salieron a provocarme como si otros los mandaran, mientras aquellos comerciantes que uno conoce desde hace muchos años se burlaban de lo lindo, y entonces uno entendía que estaban jugando con su papel, mientras consumían su vicio por las calles, y los peatones que como en mi caso, estaba marcado y tenía que ser zaherido por éstos, mientras los verdaderos imaginarios que tenían que protegernos no hacían nada, y en la misma casa estos vecinos lo amenazaban, a pesar que nos decían que este es un país de leyes, y todo esto en pleno centro de la ciudad.
Lo mismo sucede en las plazas. A veces se me parecen al mundo onírico que nos describen esos cineastas antes dichos. Son mundos en donde hemos perdido los verdaderos valores reales del ser humano por otros en donde el poder de la fuerza es la que prima, mientras se le amenaza sutilmente para que abandone una casa, violando todo principio legal por estos personajes que hacen su ley a su manera, y en donde uno termina como un bribón o un degenerado ante los demás, con sus informantes jugando el papel de amenazantes, mientas los rufianes muy orondos hacen el teatro de ser unos matarifes. Un mundo irreal en donde uno puede perecer de un infarto por cuenta de estos personajes, o por qué no, arrollado por algún automotor con un conductor delirante, mientras otros hacen su teatringo. Así son estos imaginarios. Mundos parecidos al de los estigmas sicilianos. ¿Siracusanos?
Antiguamente todo giraba alrededor de éstas. Incluso hoy en las ciudades pequeñas o en los pueblos, su valor está bien acendrado porque en definitiva todos los ciudadanos tenemos que llegar hasta ellas a hacer negocios, o simplemente a dar rienda suelta a la satisfacción de encontrarse con sus semejantes para departir y alegrar nuestras vidas, en medio de las vicisitudes que nos rodean. Y allí nuestros imaginarios están presentes. Son nuestras formas de pensar y actuar. Son las maneras como los seres humanos discernimos sobre nuestras realidades. Posiblemente allí, se han gestado revoluciones o también por qué no, felonías de las que tanto vemos a diario. Claro que en las ciudades grandes, ahora los centros comerciales desempeñan ese papel, pero por ser mucho más elitistas en cuanto a las personas que en cierta medida son de un estrato social un poco diferente a veces, no tenemos la fortuna de ver a sus personajes tales y como los vemos en nuestras plazas de mercados, porque éstas sin embargo siguen siendo más populares, aunque tanto en ellas como en los centros comerciales los imaginarios que digo están latentes, y adonde menos uno lo piensa, se ven como en aquella película del cine italiano, en uno de los remedos del western norteamericano: "Lo bueno , lo malo y lo feo". Claro que ésta última apreciación, de pronto no sea la que digo, porque mi memoria a veces falla. Hace 8 años o más no recuerdo, cuando regresé a la ciudad donde nací después de más de una década sin volver, se me hizo muy parecida a una ciudad venezolana(Valencia) porque las nuevas avenidas, construidas se me hicieron parecidas a las de la ciudad que digo, y porque a pesar de la pobreza y de considerarse ésta como una de las que tienen fama de las más alta tasa de desocupación, su ambiente era muy parecido. Incluso el calor y el olor de la naturaleza que además de hacerle sentir a uno la vivencia de una ciudad costera. Sin embargo a pesar de estos cambios, todo seguía siendo lo mismo. La modorra del tiempo, el descanso que a esas horas se hace porque el calor lo obliga a uno a buscar un sitio que lo favorezca del intenso calor, hace que la mayoría de los negocios se cierren al medio día hasta bien entrada la tarde; el lento caminar de los peatones en las calles, la tranquilidad que se respira en sus gentes, todavía me recordaban a la ciudad que dejé casi desde niño. Y sin embargo, el bullicio y la suspicacia, la alegría y la manera como el trato se da entre sus habitantes, nos insinúan que sin embargo algo ha cambiado. Los fines de semana se homologan a las parrandas que se celebran en las ciudades costeras y en cierta medida idénticas a las costumbres de sus habitantes. Yo me había visto obligado a salir huyendo de la casa embrujada. Y no solamente de la casa. Eso mismo me había pasado hacía muchos años en la misma vivienda que digo, y que el Embrujado así lo cuenta en sus historias. Una extraña infamia que solo hasta ahora comprendo cuando tuve que salir de Ibagué desde joven, en una larga travesía de la vida que bien vale la pena seguirla contando, pero que simplemente por el momento baste decir que fui objeto de toda una serie de persecuciones no solo de carácter físico sino sicológicos que bien valdría la pena que el que quiera imaginarlo se leyera a: "El Espía que surgió del frío". La leyera digo, porque la película ya es otra cosa. Allí se comprenderá cómo estos imaginarios de la persecución y de la locura aunque están en las mentes de las personas, han sido impuestas mediante el miedo y la lógica de un país que está demasiado asustado por el miedo. Y sin embargo, a pesar de todo en eta cidad se sigue respirando esa tranquilidad del tiempo y de la somnolencia letárgica en las horas del día de la que antes hablaba. Me había convertido en un vendedor de libros populares en los buses y en las calles. A pesar de haber vendido siempre, esta nueva manera me permitió avizorar que en estas calles nuestros reflejos sociales han empeorado en comparación a otras épocas, y entonces uno oye hablar de otros mundos muy diferentes al que normalmente se conoce. Muy diferentes al mundo de los empleados de clase media o al de aquellos profesionales que por su oficio de pronto no les permiten discernir que nuestras realidades son caóticas en las que cualquiera puede resultar vulnerado en lo personal o en lo sicológico. Así me pasó a mí. Comencé a entender que lo que me había pasado en esta vida, no era más que unas circunstancias personales orquestadas por unos familiares y amigos que seguramente dentro de sus mentes creían que algo se podían embolsar dentro de sus pingues satisfacciones personales. Y amigos que de joven conocí de políticos, y las de otros que conocí en las pocas universidades en las que estudié, no eran más que participes en un extraño complot de policía, tanto que con los años, lo que uno estudió de derecho, de filosofía y tantos otros temas por las cuales una persona como en el caso mío ha pasado, se encuentra con una verdad abrumadora: Un país devastado por unas maneras de pensar extrañas en las que uno a veces se considera como en los cuentos que se leen en Crónicas Gendarmes Así uno termina convertido en un secuestrado por los mismos con los que anduvo toda la vida. Casi todos claro está, porque llevo muchos años aislado por cuenta de las situaciones que he tenido que vivir de manera abrumadora. Para no ir más lejos, cuando vivía en Bogotá, en una ciudad muy diferente a la que conocí de niño, fui obligado a regresar por cuenta de esos falaces perseguidores de un vecindario en donde supuestamente uno por derecho puede creerse que se está protegido por ley, sin ser cierto porque en realidad lo que uno está es amenazado por los mismos vecinos, tanto que uno de ellos, incluso una mañana en esos trabajos tan sutiles y tan perversos, muy parecido a los que conquistaron al lejano Oeste, mientras una vecina, de despedida, asomaba su carita entre la puerta, y animosamente entre risas y risas, con una de sus manos se despedía de mí, mientrase decía:
-Adiós don don.
Las calles de Bogotá, y los negocios se habían cerrado para mí, muy parecidos a los aquelarres que nos cuentan los que saben de esas historias trágicas de las fiestas satánicas, adonde los lavados de cerebros pueden llevar a una persona hasta la muerte, mientras los que participan les parece tan natural, que no les importa nada. Así llegué a encontrarme con otros personajes que existían, y que parecían estarme esperando en esas solidaridades extrañas en donde hasta los bobos y los ladronzuelos de calles también han querido participar del festín. En la plaza de la 21, en esos años, reecordaría lo que me pasó en la escuela de la Boyacá cuando fuí profesor, y hasta el alumno que me amenazó en aquellos años con medirme el aceite(un niño de escasos diez años en esa época y a quien colocaron en el curso en donde dictaba clases), me saldría de seguido; y esos comerciantes que seguramente me conocían sin yo saberlo fueron aumentando en su audiencia, y así resulté con muchos provocadores en las calles que de manera rufianesca han estado saliendo a ver qué pueden hacer en sus solidaridades. Solidaridades que no son más que las de amenazar y amedrentar. Estar loco y contarlo es una cosa, haberlo estado y contar después que estos imaginarios han hecho de las suyas, y en donde me dañaron mi vida personal, tanto que económicamente y laboralmente me dejaron tan exangüe, que uno llega a creer que muchos de aquellos que andan locos y vituperados por el común de las gentes, de los muchos que uno ve en la indigencia, lo son porque en esta sociedad aquellos a los que uno consideran son sus defensores, en ríos revueltos salen a participar de los botines. Y para poder continuar en lo que me pasó cuando regresé de nuevo tratando por recuperarme del síndrome del miedo y de la provocación, hay que contar de los hechos acaecidos de un autista en otras plazas de mercados, adonde el autor anduvo durante muchos años vendiendo libros en Bogotá y en otras ciudades.
Son muchas plazas que en cierta medida nos reflejan la realidad en la que ha vivido el país, y en que nos hemos convertido en los vigilantes de nuestros mismos conciudadanos en una situación conflictiva adonde se nos invitó a participar a los inermes, así muchos de éstos orquestaron de manera soterrada unas especies de persecuciones en que la vigilancia de esos particulares, pareciera que se tomaron el derecho y el atributo de perseguir a cuanto fulano dispusieran aquellas mentalidades que de manera organizada, podían convertir a cualquier persona en víctima mediante las argucias de persecuciones, que se nos parecen a las que seguramente viven los que están en las cárceles, y que ahora como en internet los llaman matóneos, pero que los ciudadanos indefensos solo alcanzamos a avizorar de estos peligros, muchos años después de vivirlos y soportarlos. Imagínese que Ud. hable con una amigo que no ve desde hace muchos años. Que se lo encuentre cerca de una estación policial en el sur de la ciudad de Bogotá, y que coincidencialmente vende artículos de insignias y otros accesorios en estos almacenes particulares, que pululan alrededor de éstos (Jaime, un muchacho que trabajaba en Screner por los lados de Sears) al que le comenta lo que le ha pasado durante todos esos años que dejó de verlo. Este muy acucioso pregunta por otros ajedrecistas y otros con los cuales estudió en la universidad, cómo si en realidad le importara saber de aquellos amigos, y por el contrario me explayo en las formas cómo a una persona le pueden suceder situaciones extremas en el que pierde la razón por cuenta de otros, y cuando va llegando a la casa mediante una extraña manera de amedrentar por lo contado a éste, un motorizado que supuestamente es un vigilante privado, y que vive cerca, al ir a voltear hacia otra calle se aparece en una moto, y haciéndose el que va a frenar, para en seco; hace el que se baja, y de manera descuidada con su pie le da a uno una patadita, que no solo le provoca dolor en una pierna, sino que a cualquiera le puede dar alguna rabieta, pero cuando a Ud. de esa manera le han sucedido otras situaciones en la que ha resultado aporreado, o ha tenido que vociferar por cuenta de ellas, se convierte en miedo. Ud ojea un periódico dominical en un negocio de la plaza de Santander, mientras cae en la cuenta que otro fulano lo vigila mientras se toma una cerveza, y a la vez va leyendo algo que le parece muy interesante, porque en dicha hoja se habla sobre unos temas específicos de las memorias en los computadores; luego llega a la casa llevando la comida comprada en uno de los supermercados del sector, y decide que tiene que tomarse algo en la calle mientras está la comida, y cuando regresa nuevamente al hogar, su mujer le dice que una vecina le ha pedido en préstamo dicho periódico. Le da mal genio, porque lo compró para informarse en esas horas nocturnas. Entonces le dice que vaya por éste, porque lo quiere leer. Cuando regresa le falta precisamente esa hoja. La vecina se ha tomado el priviliegio de quedarse con lo que le interesa, y uno entendiendo que ésto es más que una provocación, le da a entender que lo están vigilando porque curiosamente su esposo es de autoridad policial. Da miedo o susto. Depende cómo esté sicológicamente. Le da rabia, y comienza a despotricar hablando solo, porque sabe del atropello a que está siendo sometido. No en vano hacía mas de 10 años un perro del que premonitoriamente Mario Clavijo ya se lo había advertido mediante un libro y un perro gozque, enraizado con la raza de pastor Alemán, al que éste le había colocado el nombre de Damián, y que es el personaje central de una novela de un escritor escritor judío("El lobo Estepario"). Y claro que probablemente pudo ser el mismo perro, el que casi lo mata, y cuyos recuerdos todavía reposan en medicina legal. Tema que le recordaría éste muchos años después cuando anduvo durante mucho tiempo todo distraido y bobo andando por las calles bogotanas, arrojando babaza por la boca. -Que, pena dice. Y sin embargo, ya en otra ocasión, a este mismo lo ha visto haciendo mofa del poder que tiene, pues habla de la importancia que tiene la de ser un buen vigilante. Y claro que en eso todos estamos de acuerdo. Pero que sea ese mismo día. Al llegar a la casa. O que Ud. diga en la casa que va a salir muy temprano a comprar un herraje en San Victorino para las fantasías que produce, y como siempre toma el mismo camino por la avenida veinte y siete(27), un Ojos azules al que Ud. nunca le ha puesto cuidado, le salga a mansalva y apergollar la garganta por la espalda, y casi casi, dentro de su trabajo sicológico, hubiera sido muy probable en medio del susto, y al salir corriendo, y al ver que al otro lado en la mitad de aquella avenida a un nauseabundo embolador, que por su cara, a cualquiera lo asusta si se lo encuentra en cualquier sitio solitari; y se abalanza en tono amenazante, y que si uno se devuelve del miedo, es probable que el autor no estuviera contando esta historia, por haber de pronto terminado en las ruedas de un carro. Aunque curiosamente al otro lado en la habitación de donde se está viviendo, también vive otro agente que parece ser un chofer de este mismo organismo. Pero el miedo está presente. Sigue ahí. Se están comunicando en las calles, y uno simplemente se hace el que nada es con uno. O cómo, muchos años antes recién llegado por primera vez a aquella casa, después que le han pasado muchas cosas en su vida, a Ud. le da miedo de esos personajes porque no solamente el perro lo mordió en un extraño y absurdo montaje real, sino porque en una noche en un diciembre, Ud. sale en la mitad de ella, y en la 27 coge un taxi para irse a buscar unos familiares en el Kennedy, y al hacerlo aparece otro desconocido tratando de abrir la puerta del carro mientras le dice al chofer: -Lléveme. Alcanza a a decirle al chofer que este no va con él, y mientras arranca siente cómo lo golpea de un puñetazo en la cara, mientras el conductor acelera. Y como si todos estuvieran de acuerdo no hay en la casa adonde va ningún familiar, y solo queda el consuelo de quedarse en uno de esos amanecederos que pululaban en el centro. Así es como se va gestando un miedo inducido, que solo a la vuelta de los años, despues que lo enloquecieron entiende que esos amigos que lo rodearon no eran más que unos granujas. Después de llegar de Venezuela, y luego de otras extrañas coincidencias, fuera de las de este país hermano, va entendiendo el extraño enredo que en apariencia no es más que de familia. Pero no. Así fue como comenzó a visitar las plazas de mercados. Para poder dominar ese miedo, y para impedir que si no fueran por estos percances, se enloqueciera. Así, vendiendo libros anduvo por muchas plazas. Y todo comenzó con las ventas de libros en los buses, mientras entre sustos y miedo fue logrando coordinar sus pensamientos, para lentamente ir retornando a la realidad que le habían quitado, y que comenzaron a hacer con sus prácticas felonas desde que estuvo estudiando en un colegio, y lo mismo que hicieron cuando fue profesor en el departamento que nació, y en Bogotá. Así ha vivido durante estos últimos 20 años, y porque no decirlo durante muchos otros más, con la incertidumbre de una extraña persecución que no termina. La plazas de mercados del 20 de julio, de las Aguas, de las cruces, de Paloquemado, del 12 de octubre, de las Ferias, de Fontibón, del Bachué, de Bosa y Corabastos fueron por las que anduvo durante muchos años vendiendo libros. Las de Fusagasuga, Zipaquirá, Guasca, Gachancipá, Tocancipá, Girardot, Calera, Tabio y Tenjo, Cucuta y en ocasioes en Caracas, lo mismo que en centros comerciales, le permitieron conocer de primera mano lo que es una extraña ojeriza de esas, en la que uno pareciera ser el peor de los delincuentes, cuando en realidad éstos fueron mandados por otros expertos en esconder sus candores sibilinos. Baste decir, que la persona que cae normalmente en esos trances, se suicida o se mata, o mata. Así son estos trabajos que llamo asesinatos perfectos. De ellos ya he estando hablando en otro blogs que tengo. Quiera Dios que eso no le suceda a Ud. Son trabajos infames. Y claro que el autor seguirá contando estas historias que son ciertas. Tal vez para otros sean irrealidades. Superfluas, dirán. Y claro que serán en otros blogs, porque sino éste se estancaría. Digamos para finalizar que la justicia y la ley, a veces parecen que solo existen en los conceptos de los libros y de los códigos, y que por esa mentalidad en la que la ineficacia de las leyes, y de los que se encargan de aplicarlas, y la de los encargados de defenderlas, por ese mecanismo mediático en que ha vivido nuestro país, nuestros imaginarios han desbordado esas realidades, de tal manera, que la justicia privada cogió tanta fuerza, que no es raro que cualquier particular se decida por hacerla con su propia mano. Mentalidades que tenemos que derrotar porque solo el Estado es el único que debe ejercer esos derechos mediante el cambio de estos imaginarios vacuos por los que nos darán el verdadero sentido de justicia y de ley. Pero serán en otros acápites. En las plazas de mercados uno siente esa dicotomía social. Cómo serían las calles en la Berlín o Italia en los años que antecedieron a la segunda confrontación mundial, y hasta su derrota. Debió de ser terrible. Con el solo hecho de pensarlo, da miedo.
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